
Sin embargo, durante el pasado mes de julio hubo un caso que me llamó poderosamente la atención y que no os pude contar en su día porque andaba en remojo por tierras granadinas. Es la historia de un monumento al deporte, un homenaje a la lealtad, la honra a la palabra de un hombre. Ya sabéis que Alberto Lasarte marchó a Villacarrillo en cuanto cerró la temporada con el Real Jaén B, y que desde allí comenzó a librar una especie de batalla pacífica no declarada con el Linares por conformar una plantilla fuerte para la Primera Andaluza. LLegaron Salva, Pablo, Montiel, Antonio Martos, Toni y Carlos Ortega, entre otros. Pues bien, cuando estaba en esas, la UD Almería llamó a la puerta de Lasarte.

La idea era incorporar al joven técnico jiennense para este mismo verano, asumiendo la dirección de la residencia de jugadores y llevando un equipo de su cantera. La oferta irrechazable se convirtió en una situación incómoda, viajar hasta Almería implicaba dejar Villacarrillo a una semana de comenzar la pretemporada. Ante el problema, la posición que adoptó el presidente villacarrillense fue sencillamente admirable: Francisco Martínez abrió las puertas a Lasarte, pues entendía que se trataba de una oportunidad única. Pero entonces Alberto Lasarte explicó la situación al Almería y rechazó la oferta, no cruzaría la cara al Villacarrillo.
Porque en el fútbol también hay caballeros. Para algunos, la palabra es algo más que una firma, y es bonito saber que todavía hay gente con esta clase de valores. Villacarrillo conserva a su entrenador, y el Almería ya cuenta con un nuevo ojeador en Jaén y Granada, el mismo que tal vez en un futuro dirija su residencia para jugadores.
