
Entre amigos, esta falta de entendimiento no acarrea otra cosa que pedir que nos llenen para seguir debatiendo y acabar hablando de niñas. Pero antes de llegar a ese punto, mi compadre seguía erre que erre, defendiendo a ultranza a los suyos. Es admirable, dicho sea de paso, la unión que existe dentro de ese colectivo a la hora de repeler cualquier tipo de crítica vertida desde el exterior. El caso es que mi colega continuaba su exposición argumentando que le gustaría leer por aquí, algún día, unas palabras dedicadas a los piratas que, domingo tras domingo, simulan agresiones o se dejan caer dentro del área dificultando la labor de los árbitros. Tratando de engañarles, los muy canallas.
Y lleva razón. Porque lo más lamentable del asunto es que los enseñan desde bien pequeñitos. "Tírate cuando te toquen", le escuché decir a uno de esos criminales del deporte, dirigiéndose a un crío de nueve años que había finalizado una jugada después de superar, ardua y noblemente, las entradas de sus rivales. El fútbol es para listos, suelen justificarse. Pero el papel del árbitro es cazar a esos "listos" y velar por el juego limpio, impartir justicia en el terreno de juego. Por eso pienso que, entendiendo como entiendo esa unión existente entre ellos, deberían también de acabar con quienes destrozan la valerosa imagen del colegiado. Como ese niñato que el sábado pasado, en un partido de fútbol base celebrado en Úbeda, respondió a las protestas de un grupo de padres girándose hacia ellos y agarrándose todo el mapa púvico en medio del partido. "Para cafre, yo."
