Ahora, la selección de Italia abre los centrales y tira los laterales hacia arriba en la salida del balón. Prefiere atacar y proponer. Quiere la pelota. Se lo hemos visto también a la Juventus, la Vecchia Signora. Los italianos, con cuatro copas del mundo a la espalda, de repente prefieren el fútbol romántico al resultado. Algo parecido sucede en Alemania, donde los jóvenes talentos irrumpen con su perfil jugón para asaltar el próximo mundial de Brasil. Lejos en el tiempo, junto a sus tres mundiales, queda la imagen de equipo físico, tosco y resultadista.

Cuarenta y ocho horas después, la rutina del lunes no ha podido devolvernos la normalidad. Todavía cuesta trabajo digerir la noticia de su muerte y aún sobrecoge la idea de que el Míster nos ha dejado para siempre. Porque Luis no solo fue grande por sus éxitos, sino también por su forma de ser. Directo y sincero, Luis se mostró siempre como un tipo auténtico. No había trampa ni cartón. Se mostraba tal cual. “Máteme, pero no mienta”, fue una de las frases clásicas que definieron su personalidad, y probablemente por ello fue siempre querido y respetado por quienes tuvieron el privilegio de conocerle.
Luis Aragonés se ha marchado pero nos deja su legado. Cuando pasen los años, contaremos a los niños que hubo un tiempo en que el fútbol español dio un giro y todos querían jugar como le gustaba a Luis. Que aquello era maravilloso y que los españoles nos sentíamos orgullosos. Gracias por tanto, míster.